Ethan no dijo nada.Calzado laboral
Pero su ritmo cardíaco ya había empezado a cambiar.
Una opresión oscura y pesada se instaló en su pecho mientras caminaba hacia la cocina.
Entonces la vio.
Olivia Carter estaba descalza junto al fregadero, con una mano sobre su vientre hinchado mientras la otra intentaba frotar la grasa endurecida de una bandeja de horno.
Los platos sucios se amontonaban a su alrededor.
El jabón flotaba en el agua turbia.
Su camiseta, demasiado grande, tenía manchas de lejía.
Su rostro estaba pálido.
Agotada.
Frágil.
Y entonces Ethan notó que las lágrimas resbalaban silenciosamente por sus mejillas hasta el agua del fregadero.Muebles cocina
—Olivia.
Saltó tan fuerte que casi se le cae la sartén.
—Ethan, ya estás en casa —dijo con una sonrisa forzada—. Iba a calentarte la cena. Solo necesito terminar esto.
Pero le temblaba la voz.
Y le temblaban las rodillas.
Ethan se acercó sin decir nada, le quitó la esponja de la mano con delicadeza y cerró el grifo.
—Ya terminaste.
—Cariño, no pasa nada.
—No —dijo en voz baja—. De verdad que no.Familia
Le tomó las manos.
Estaban heladas.
Arrugadas por el agua.
Rojas por el jabón.
—¿Por qué no me llamaste?
Olivia bajó la mirada de inmediato.
—Estabas trabajando.
—¿Y porque estaba trabajando te convirtieron en sirvienta?
Le temblaban los labios.
Tu madre me dijo que si quería ser aceptado en la familia, tenía que ayudar más. Tus hermanas dijeron que estaban ocupadas con la escuela y el estrés. No quería que nadie se enojara conmigo.
Ethan sintió que la vergüenza le subía a la garganta como ácido.