PARTE 2
—No.
La palabra salió de Darren como un animal herido.
No fue sorpresa.
No fue dolor.
Fue miedo.
El detective Owen Price entró con la placa en alto y los ojos fijos en Darren, no en el ataúd.
Eso me dijo todo.
Un hombre inocente mira primero el milagro.
Un culpable mira primero a quien puede arrestarlo.
Los paramédicos llegaron hasta Emma.
Yo retrocedí solo lo necesario para dejarles espacio, pero no me alejé.
No podía.
No otra vez.
No iba a dejar que otra persona decidiera por mi esposa mientras yo fingía obedecer por educación.
Uno de los paramédicos colocó dos dedos en el cuello de Emma.
Su rostro cambió.
—Tengo pulso débil.
La funeraria entera explotó en gritos.
Alguien empezó a llorar.
Una silla cayó.
Marianne se llevó una mano a la boca y sus ojos buscaron a Darren con terror puro.
Yo no escuché nada durante un segundo.
Solo esas tres palabras.
Tengo pulso débil.
Emma no estaba muerta.
Mi esposa no estaba muerta.
El mundo se me rompió y se reconstruyó en el mismo latido.
—Emma —dije, acercándome de nuevo—. Amor, estoy aquí.
El paramédico levantó la voz.
—Necesitamos sacarla del ataúd ahora.
El director de la funeraria reaccionó al fin y ayudó a retirar las flores, las telas, todo ese teatro cruel que habían puesto alrededor de una mujer que todavía estaba luchando por vivir.
Yo vi sus manos.
Quietas.
Su rostro pálido.
Sus labios con un tono que me hizo querer destruir cada pared de aquel lugar.
Pero su vientre se movió otra vez.
Más fuerte.
El bebé estaba vivo.
Mi hijo estaba vivo.
El detective Price se acercó a mí.
—Nathan.
—No ahora.
—Necesito que me escuches.
Giré hacia él con una rabia tan afilada que dos personas retrocedieron.
—Mi esposa está viva dentro de un ataúd. Si lo que tienes que decir no ayuda a salvarla, no lo digas.
Price no se ofendió.
Solo bajó la voz.
—La ambulancia está afuera. Y el médico que firmó el certificado de defunción ya no responde llamadas.
Marianne hizo un sonido pequeño.
Darren murmuró:
—Esto es una locura.
Price lo miró.
—Sí. Y usted parece haberlo entendido antes que todos.
Los paramédicos levantaron a Emma con cuidado sobre la camilla.
Yo vi una marca tenue cerca de su muñeca.
Una punción.
Pequeña.
Casi invisible.
No la había notado antes porque Marianne no me dejó acercarme.
Porque Darren me mantuvo lejos.
Porque todos insistieron en que el ataúd debía permanecer cerrado hasta el último momento “para preservar la paz”.
La paz.
Qué palabra tan repugnante cuando se usa para esconder un crimen.
—Hay una marca —dije.
La paramédica la miró.
Su expresión se endureció.
—La veremos en el hospital.
—No —dijo Marianne demasiado rápido—. Ella necesita un sacerdote. Esto no puede ser…
El detective Price giró hacia ella.
—Señora Whitaker, su hija tiene pulso. Lo que necesita es un hospital.
Darren intentó avanzar hacia la camilla.
—Soy su hermano. Voy con ella.
Me puse frente a él.
—No.