Tras dudar un poco, el padre o madre usó una escoba para mover el objeto a un lugar con mejor luz para examinarlo. Una vez que estuvo a la vista, el misterio se disipó. El objeto resultó ser completamente inofensivo: solo una cáscara de pistacho que se había caído debajo de la cama y había acumulado polvo con el tiempo. Su color y forma, con poca luz, lo habían hecho parecer mucho más perturbador de lo que realmente era.
La tensión se disipa rápidamente, y tanto el padre como el hijo se ríen de cómo su imaginación había transformado un simple trozo de basura en algo aterrador. La experiencia deja una huella imborrable sobre la facilidad con la que los objetos cotidianos pueden parecer amenazantes cuando se ven sin contexto o sin la iluminación adecuada, y cómo la imaginación a menudo llena los vacíos con miedo antes de conocer los hechos.