No pude. Me solté y llegué justo cuando sacaban a mi hija envuelta en una toalla limpia. Tenía el rostro empapado de lágrimas. La cargué contra mi pecho y caí de rodillas.
—Ya, mi amor. Ya se acabó. Mamá está aquí.
Dentro del baño, Mateo gritaba como si él fuera la víctima.
—¡Es un malentendido! ¡Andrea está loca! ¡Soy su papá! ¡Solo estaba grabando recuerdos!
El mismo hombre que durante años había saludado a mis vecinas con flores en el Día de las Madres ahora estaba esposado, con el cabello desordenado y la cara blanca como papel.
El agente cibernético no discutió con él. Se acercó a la laptop, miró la pantalla y su expresión cambió. No fue sorpresa. Fue asco contenido.
—Aseguren el equipo completo —ordenó—. No lo apaguen. Está conectado.
Mateo dejó de gritar.
Ese silencio fue peor que sus mentiras.
Mientras una paramédica revisaba a Camila en la sala, mi suegra, doña Rebeca, apareció en la puerta con bata y sandalias. Alguien del fraccionamiento le había avisado.
—¿Qué hiciste, Andrea? —me reclamó antes de preguntar por su nieta—. ¡Vas a destruir a mi hijo!
La miré sin entender.
—Su hijo destruyó a mi hija.
Ella bajó la voz, furiosa.
—Seguro exageraste. Mateo siempre fue cariñoso. Tú eres muy celosa, muy intensa. Ya desde que nació la niña lo alejaste de todos.
Una vecina escuchó eso y se persignó. Yo sentí que la rabia me quemaba la garganta.
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