Lo decía de broma.
Lo decía cuando no tenían ni para pagar completo el cuarto donde vivían.
Maribel nunca se burló de ese sueño.
Solo lo guardó.
—Ernesto no es ningún hombre escondido —dijo ella con la voz temblorosa—. Es el dueño del terreno. Mañana terminamos de pagarle.
Martín levantó la mirada.
La rabia se le cayó de la cara poco a poco, como pintura vieja bajo la lluvia.
—¿Terminamos?
—Sí.
Ella abrió la libreta de cuadritos que siempre tenía en la mesa.
Martín la había odiado durante años.
Le parecía el símbolo de su humillación.
Ahí estaban todos los recibos, las cuentas y los ahorros.
Cada página tenía fechas, cantidades, pagos, abonos y notas pequeñas.
“Quitar 100 del pollo.”
“No comprar blusa.”
“Guardar horas extra de Martín.”
“Costuras de la señora Lety: 250.”
“Pago Ernesto: 1,800.”
“Faltan 23,400.”
“Faltan 12,000.”
“Faltan 3,500.”
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